“Que el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su propia ruina”, escribió Nicolás Maquiavelo en El Príncipe. Durante décadas el poder blando de las grandes potencias viajó por el cine, la música, las universidades y la cultura.
La inteligencia artificial añade ahora una dimensión mucho más íntima. Ya no se limita a mostrarnos una determinada visión del mundo: conversa con nosotros, conoce nuestras dudas y miedos; para algunos, incluso se ha convertido en un espacio de compañía y apoyo emocional. Quien consiga extender masivamente sus modelos no solo estará disputando un mercado tecnológico. Podrá influir también en la infraestructura mediante la cual millones de personas buscan información, interpretan problemas y toman decisiones. China no necesita derrotar a Estados Unidos en cada modelo de inteligencia artificial. Le bastaría con conseguir que una parte creciente del mundo construya su futuro digital sobre tecnología china. La nueva lucha por el poder quizá ya no consista solamente en conquistar territorios o mercados, sino en participar en la arquitectura de la inteligencia artificial con la que otros terminarán comprendiendo el mundo.
El 16 de julio de 2026 Moonshot AI presentó Kimi K3, un modelo chino de 2,8 billones de parámetros. Días después liberó sus pesos completos, permitiendo su descarga y despliegue fuera de los servidores de la empresa. Artificial Analysis le otorgó 57 puntos en su índice y lo ubicó entre los modelos de mayor rendimiento evaluados. Ese mismo día, representantes de 29 países firmaron en Shanghái la creación de la World Artificial Intelligence Cooperation Organization, WAICO, dedicada a la cooperación y gobernanza de la IA y con sede en China. Un día después, Xi Jinping anunció 5.000 oportunidades de formación en inteligencia artificial para países en desarrollo y centros de cooperación con ASEAN, la Unión Africana, la Liga Árabe, BRICS, la CELAC y la Organización de Cooperación de Shanghái. La coincidencia entre tecnología, formación e instituciones internacionales difícilmente puede pasar inadvertida.
También puede leerse como una respuesta a Estados Unidos. Desde 2022 Washington ha utilizado controles sobre semiconductores avanzados para limitar las capacidades tecnológicas chinas. Pekín respondió impulsando mayor autosuficiencia, optimizando sus modelos y concediendo un creciente valor estratégico a la IA abierta. Estados Unidos conserva enormes ventajas en chips, nube, capital y modelos de frontera, pero China parece intentar cambiar el terreno de la competencia. Cuando el adversario domina el tablero, una estrategia posible no consiste en enfrentarlo pieza por pieza, sino en cambiar las reglas del juego.
Ahí aparece la jugada que Maquiavelo probablemente habría encontrado más interesante. Si los modelos chinos son adoptados por universidades, empresas y gobiernos, alrededor de ellos crecerán programadores, aplicaciones, centros de datos y estándares. La influencia ya no dependería solamente de vender tecnología, sino de lograr que otros construyan sobre ella. El modelo puede ser abierto, pero el ecosistema que nace a su alrededor puede terminar siendo mucho más difícil de sustituir.
La disputa será todavía más profunda cuando la IA deje de limitarse a responder preguntas. Microsoft, Alphabet, Anthropic, OpenAI y empresas chinas como Moonshot AI, entre otras, ya orientan buena parte de sus desarrollos hacia sistemas agénticos capaces de investigar, programar y ejecutar tareas complejas y prolongadas. Si millones de agentes inteligentes terminan administrando procesos empresariales, industriales, servicios públicos, información y decisiones, la pregunta sobre quién define sus modelos, sus datos y sus reglas dejará de ser tecnológica para convertirse en política. Tal vez el futuro distópico no llegue con máquinas enfrentándose a los humanos, sino con sociedades que deleguen silenciosamente cada vez más decisiones a sistemas cuya infraestructura no controlan.
En la nueva división internacional, la diferencia decisiva ya no está solamente entre países ricos y pobres; se profundiza una vieja frontera entre las sociedades que controlan la tecnología y aquellas que se limitan a utilizarla. Sin soberanía tecnológica, infraestructura propia y capacidad para entrenar sus propios modelos, gestionar su infraestructura y proteger sus datos, América Latina corre nuevamente el riesgo de observar una disputa entre grandes potencias desde fuera de la mesa. Como se ha dicho crudamente, América Latina no es el comensal invitado a la cena, es la comida que se sirve en ella. China puede ofrecer modelos abiertos, capacitación e infraestructura. Estados Unidos puede ofrecer chips, centros de datos y algunas de las tecnologías más avanzadas del planeta. Ambas son oportunidades, pero ambas pueden convertirse en dependencias si nuestros países no desarrollan capacidad propia.
Maquiavelo también aconsejaba evitar, cuanto fuera posible, “quedar a disposición de otros”. Hoy ya no hablamos de fortalezas, mercenarios o ejércitos italianos. Hablamos de algoritmos, chips, centros de datos y agentes inteligentes. Pero el problema del poder permanece intacto. Si la inteligencia artificial será la infraestructura sobre la que funcionará una parte creciente de la economía y del Estado, América Latina deberá decidir si quiere limitarse a elegir entre tecnologías construidas por otros o comenzar a construir poder tecnológico propio. Porque en la diplomacia del algoritmo, como en la política que estudió Maquiavelo, quien no participa en la definición de las reglas termina viviendo bajo las reglas de otro.

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